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LA COLUMNA DEL DÍA | Las mujeres, la emergencia y la vida

Hay quienes afirman que de la pandemia saldremos aprendiendo algo positivo, que mujeres y hombres saldrán reforzados como sociedad; no lo creemos, las cifras de violaciones y agresiones físicas de todo tipo afirman lo contrario, sostiene Augusto Rubio
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En los días de pandemia que nos tocan no todas las voces son narradas y escuchadas. Con una venda sobre los ojos, la mayoría de medios se autorrestringe a lo que ocurre en los hospitales con enfermeras, médicos y pacientes; a lo que pasa en las escuelas con maestros, padres y “educación en línea”; a la vida y pasión de policías y militares en su lucha desigual contra la incomprensión, el descontrol y el contagio. Los medios centran su interés en las cifras, en lo que declara el presidente y sus ministros; le entregan desmesurado espacio a la economía y a la banca, a los bonos y pensiones; a especialistas multidisciplinarios con acceso al poder y a un discurso centralista que discrimina y señala a la población de a pie responsabilizándola de sus fracasos. En este tiempo poco o casi nada se publica, investiga o reflexiona respecto a la realidad de las mujeres peruanas, a lo que experimentan en la precariedad del interior del país [y en la misma capital], a lo largo de esta época en que las visiones, percepciones y vivencias de los seres humanos se han alterado y transfigurado por completo.

En toda emergencia y tiempo de crisis son los pobres quienes llevan la peor parte. Además de la clase obrera, en general, son las mujeres las que más pierden por la doble opresión que soportan: ser obreras y mujeres nunca ha sido sencillo. Las violencias machistas que conlleva el encierro no tienen solución. Las tareas del hogar y el cuidado de niños, ancianos y enfermos continúa recayendo en muchísimas de ellas que, además, directa o indirectamente también son víctimas de acoso y maltrato de parte de los agresores con quienes viven. Hay quienes afirman que de la pandemia saldremos aprendiendo algo positivo, que mujeres y hombres saldrán reforzados como sociedad; no lo creemos, las cifras de violaciones y agresiones físicas de todo tipo [al interior de los hogares y en las calles] afirman lo contrario. 

En muchos vecindarios y comunidades del país la pandemia ha hecho florecer, sin embargo, redes solidarias donde quienes antes pasaban desapercibidos ahora son trascendentes para sobrevivir, para cuidar la vida. Así, las ollas comunes y los nuevos colectivos de oprimidos que han surgido a raíz del hambre y el desempleo, están bajo la conducción de mujeres que en muchos casos desconocen la teoría pero están unidas por la misma emoción: el de estar hartas de un sistema económico que las condena a vivir sumisas y aplastadas, de rodillas ante el poder del dinero, de la corrupción, con un gobierno y autoridades por las que no se sienten representadas. Para ellas la vida está primero y se han dado cuenta de que la única forma de salvarla con dignidad es desde lo colectivo, desde lo comunitario.

El país necesita una refundación profunda de sus objetivos, valores y economías. Negarnos a afrontar cuestiones esenciales, a reinventar nuestro modo de vida y de consumo, significa que [otra vez] nada habremos aprendido de la desgracia; que no existe valentía ni el suficiente coraje para transformar el sistema; que no hay fuerzas para actuar, tampoco coherencia. Las mujeres desempeñan otra vez el papel central en esta nueva crisis de nuestra historia, negarles el lugar y la equidad que merecen habla de cómo somos como pueblo, como familias, como individuos, como seres humanos.

* Augusto Rubio Acosta es poeta, narrador, periodista y gestor cultural

Foto: Radio Cutivalú 

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