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LA COLUMNA DEL DÍA | Lenguaje inclusivo de género

Diego Mendoza decide comentar hoy un asunto que –como él mismo admite– goza de poca popularidad
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Nos encontramos en el Mes del Orgullo LGTB y parece conveniente comentar un asunto que guarda una profunda relación con este, aunque goza de poca popularidad.

El uso del lenguaje no es un elemento accesorio en la vida social de un colectivo o comunidad, es un instrumento de representación y relación de las cosas que le rodean. Marco Aurelio Denegri recordaba en su libro Poliantea, que los egipcios solo daban la existencia de algo si este tenía un nombre, de no ser así, era invisible. Así pues, el lenguaje es también el consenso logrado sobre ciertas prácticas culturales y sociales en un lugar determinado, sobre la base de tradiciones, actitudes, valores, entre otros. No existe un solo lenguaje, sino varios, para este caso se entenderá como lenguaje inclusivo de género —según Naciones Unidas— como aquel que funciona sin discriminar a un sexo, género social o identidad de género en particular y sin perpetuar estereotipos o prejuicios de género.

Aunque soy un convencido que los cambios en la sociedad requieren más que el uso de determinada forma de hablar o escribir, reconozco su valor en la socialización de las personas. A partir de ello se han recomendado algunas estrategias útiles para su aplicación. Revisemos las pautas que establece la ONU:

En primer lugar, se recomienda evitar expresiones discriminatorias como rehusar el uso de expresiones con connotaciones negativas, pues nacen de la concepción de estereotipos, por ejemplo: “los hombres no lloran” o “actúa como una niña”. Del mismo modo funcionan aquellas expresiones que perpetúan tales estereotipos, “enfermeras y médicos participaron en la huelga del sector”, cuando el uso inclusivo adecuado sería “el personal sanitario participó en la huelga del sector”.

En segundo lugar, se debe evidenciar el género cuando la situación comunicativa lo demande. Sería bueno emplear pares de femenino y masculino, por ejemplo: “los niños y las niñas deben hacer sus deberes” o “la empresa está integrada por abogados y abogadas”. De ese modo se deja atrás la supresión de un grupo en particular, aunque se debe tener cuidado en no dificultar la lectura.

En tercer lugar, evitemos visibilizar el género cuando la situación no lo exija. Es más provechoso usar sustantivos colectivos y estructuras orgánicas, en lugar de decir “los funcionarios” emplear “el funcionariado”, cambiar “los alumnos” por “el alumnado”, “los investigadores” por “el equipo de investigación”, “los docentes” por “el cuerpo docente”, entre otros.  También se recomienda usar adjetivos sin marca de género en lugar de sustantivos, si antes usábamos “el desempleo entre los jóvenes”, cambiarlo por “el desempleo juvenil” o “los problemas de los vecinos” por “el problema vecinal”.

Hay otras muchas formas que la propia institución formula y que sería bueno revisar extensivamente, de cualquier modo, su mayor objetivo, la paridad de género, no debe mezclarse con otras propuestas de igualdad de género que funcionan intergubernamentalmente, pues para esto último se exige financiamiento a través de fuentes concesionables, conocimientos específicos y programas integrales y adecuados para cumplir dicho propósito.

Si ha pensado que hablaría del uso de la “e” o “x”, eso es porque tales denominaciones se encuentran en el lenguaje inclusivo y no en el de género en sí (para el caso que he descrito). El lenguaje inclusivo es una reciente innovación para poner una demanda social en tanto se revalorice el lugar de colectivos históricamente marginados, o sencillamente, para agregar el ímpetu de una protesta. Aunque con sus diferencias, es del mismo modo importante entender su lugar en el desarrollo de nuestra sociedad, no en la medida que busque suprimirse, sino, entenderse. Después de todo uno puede hablar como mejor le parezca y solo debería importarle al emisor del mensaje. ¿Por qué llama tanto la atención el uso de un “todes” o “amigues” más que el problema subsistente de desigualdad?

Es crucial discutir estas ideas y dejar de minimizar estas propuestas, no solo porque todo diálogo es proporcional con el entendimiento de nuestra comunidad, sino, además, porque todo triunfo en el lenguaje y su uso es determinado por la aceptación de sus hablantes y no por imposición.

*Diego Mendoza Franco es ingeniero industrial, egresado del Programa de Gobernabilidad, Gerencia Política y Gestión Pública de la PUCP y el CAF, coordinador del Círculo de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos Aleph, promotor de los ODS por el Senado de Buenos Aires, Parlamentario Joven Nacional y activista social.