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LA COLUMNA DEL DÍA | Hiroshima y Nagasaski: la otra forma de conocer el infierno

Han transcurrido 75 años desde que Estados Unidos cambiaría para siempre los conceptos de destrucción y guerra en la historia de la humanidad, recuerda hoy Diego Mendoza
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“A las 8:14 am era un día soleado y tranquilo, a las 8:15 am todo se había convertido en un infierno”, describe un documental que recoge los testimonios de los sobrevivientes.

Han transcurrido 75 años desde que Estados Unidos, bajo el gobierno de su presidente Harry Truman, cambiarían para siempre los conceptos de destrucción y guerra en la historia de la humanidad. Luego de los ataques con bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, la vida no se concibió de la misma forma, no solo por la muerte de al menos 200.000 personas por la radiación y otras 400.000 más por decesos relacionados a sus efectos; sino por la presencia de un nuevo poder y su relación con la carrera armamentista nuclear que enquistaría a los bloques de la próxima Guerra Fría. 

Diría Truman en su momento que el uso de las bombas tuvo por objetivo “acortar la agonía de la guerra para salvar las vidas de miles y miles de jóvenes estadounidenses”. Estas infames palabras han sido repartidas sin la menor mesura, generando cierto consenso en la opinión pública para creer que, en efecto, los ataques fueron determinantes para la rendición de Japón, aunque esto no fuera cierto. Desde Mark Selden hasta Hasegawa, en consenso con otros expertos, se sabe que Japón ya venía siendo atacada y debilitada sostenidamente por Estados Unidos y que las bombas no fueron determinantes. Como ha enseñado la historia, fue el posible ingreso de los soviéticos lo que aceleró la toma de decisión de Estados Unidos con sus nefastas consecuencias.

Modificada nuestra concepción de la realidad, con sus alcances y nuevos miedos, el mundo se partió en dos. Lo que pudo suponer un alto a la capacidad de deshumanización, nunca ocurrió, la humanidad se compone de una imbatible sed de autodestrucción y la escalonada tarea de nunca decir: “hasta aquí nomás, ya fue suficiente”.

Probablemente el argumento más importante frente a ello sea la ineficiente tarea de no haber podido erradicar las 5.000 ojivas nucleares listas para su lanzamiento y otras 2.000 más con alta probabilidad operacional, de un total de 20.000 armas nucleares que todavía existen a la fecha de hoy en todo el mundo. El fin de la Guerra Fría concedió un breve periodo de relativa tranquilidad por el progreso de los distintos tratados multilaterales con el motivo de prevenir los ensayos nucleares e incentivar el desarme.

Entre ellos destacan el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCE), el Tratado de Prohibición Parcial de los Ensayos Nucleares (TPPE) y el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP). Este último permitió, entre otras cosas, la no adquisición de armas para los países no poseedores y el compromiso de desarme multilateral por todos los Estados que poseen armas nucleares. 

Aunque con cierto éxito, muchos temores vuelven a nosotros por distintos motivos, tal como se ha concluido con anterioridad. En relación al Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP), se sabe que: a) las cinco potencias nucleares o miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, han desobedecido sus obligaciones al respecto, b) Pakistán Israel y la India no forman parte de él, c) no se consignan a grupos terroristas, d) las pruebas de Corea del Norte luego de su partida de dicho acuerdo promueven la inestabilidad y e) el creciente interés de varios países en usar energía nuclear para sustituir fuentes convencionales demanda responsabilidades y riesgos.

Las hostilidades entre Washington y Pyongyang, el histórico tratado de control de armas INF entre Estados Unidos y Rusia suspendido por Donald Trump, el empuje de nacionalismos y otros desencuentros entre oriente y occidente, abre la interrogante sobre algunos desenlaces no deseados.

Con las tragedias de Hiroshima y Nagasaki observamos un conocimiento inherente, aunque no menos insospechado: nos conducimos en lo absurdo y reinamos en el espectáculo de la ignorancia y el abismo sin fin.

* Diego Mendoza Franco es ingeniero industrial, egresado del Programa de Gobernabilidad, Gerencia Política y Gestión Pública de la PUCP y el CAF, coordinador del Círculo de Relaciones Internacionales y Derechos Humanos Aleph, promotor de los ODS por el Senado de Buenos Aires, Parlamentario Joven Nacional y activista social.

Foto: https://www.vaticannews.va/