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LA COLUMNA DEL DÍA | El escarabajo y el hombre

Augusto Rubio recuerda hoy a Oswaldo Reynoso a cincuenta años de que uno de sus mejores libros viera la luz
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El monólogo de un joven estudiante que en una cantina desahoga con su profesor la sociedad violenta, decrépita y de antivalores en la que sobrevive, es una de las cosas que más recuerdo del primer encuentro con "El escarabajo y el hombre", libro de Oswaldo Reynoso que por estos días cumple cincuenta años. Por entonces, era un joven estudiante en búsqueda permanente, uno atento a las pulsiones de las tribus urbanas, de la música, las bibliotecas y del fútbol, de la vida nocturna, periodística y cultural en el corazón de la gran ciudad.

Reynoso, para ese tiempo, ya era una leyenda urbana; un tipo al que -tras su exilio en la República Popular China- se podía acceder con cierta facilidad en las cantinas del centro o tras alguna jornada cultural o libresca donde solía referirse a la convulsa situación del país asiático y a los jóvenes asesinados en la masacre de Tiananmen. Lo leíamos y escuchábamos en algunas mesas; era un autor que estaba ahí, que formaba parte de un paisaje poblado de rockolas y botellas sin sticker, de libros viejos y de segunda mano, un escritor muy joven y vital que nunca moriría. "El escarabajo..." ejerció un impacto en nuestra forma de narrar y de ver las cosas; ya con su primera novela y otros títulos posteriores [como "Los eunucos inmortales"], el autor había encaminado de algún modo nuestra manera de ver la vida y las ficciones, de tomar posición, pero con este libro de escasa circulación a inicios de los noventa se abrió paso la necesidad de narrar sin ambages la existencia desbocada y sin límites, el hambre de vivir.

La condición humana alcanza dimensiones conmovedoras en las historias contenidas en "El escarabajo...". Reynoso, un autor de lenguaje directo, desgarrador y desenfadado, entrega belleza y desesperación en la miseria, escarba en el corazón y la hipocresía de una sociedad sin futuro; el Perú de inicios de los noventa no fue un lugar digno donde vivir. Tras una década de distancia y silencio, volvimos a encontrar a Oswaldo al calor de la vida cultural en las provincias. Al puerto de Chimbote empezó a llegar con frecuencia, invitado por la movida literaria que animaba el poeta y editor Jaime Guzmán; ahí, al calor de lecturas, cebiches y peñas criollas, se afianzó una amistad que duraría hasta el fin de sus días, una que nos permitió conocer el origen de sus libros, el sentido de su existencia. 

"El escarabajo y el hombre" siempre me pareció el mejor libro de Oswaldo, un experimento irrepetible de técnicas narrativas, cuestionamientos y propuestas estéticas. La vez que me obsequió una edición autografiada de este libro, salíamos del colegio Inmaculada y avanzábamos a pie por "La selva", buscando dónde apagar la sed. En otra de las múltiples veces que nos visitó en el puerto, le obsequió un libro autografiado a mi pequeño hijo; fue la noche inolvidable en que celebramos los cincuenta años de "En octubre no hay milagros", en el sur de la ciudad. Reynoso será siempre el amigo del cual no pudimos despedirnos; su vida fue un testimonio relevante y original de cómo somos los peruanos, su existencia nos entregó una visión entrañable y compleja, desgarradora e inolvidable de nuestra humanidad.

* Augusto Rubio Acosta es poeta, narrador, periodista y gestor cultural