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LA COLUMNA DEL DÍA | No permitamos que se destruya nuestro derecho a la vida

“No nos acostumbremos a permanecer impasibles ante el avance incontenible de la muerte”, exhorta hoy Gabriel Mejía Duclós
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Si la vida de los seres humanos no es lo más valioso que existe sobre la faz de la tierra y nos acostumbramos a permanecer impasibles ante el avance incontenible de la muerte, ¿merecemos seguir llamándonos ciudadanos defensores de la esperanza y de la vida? 

Si en nombre del progreso de los pueblos contaminamos sin piedad las lagunas, los ojos de agua, las quebradas y los ríos por donde baja el agua cristalina de los nevados, y si en nombre de la reactivación económica privilegiamos la extracción del oro negro o petróleo, destruyendo la biodiversidad marina, los peces y las playas de Ancash… como hoy se destruyen  los bosques, los ríos  y la diversidad  de la verde Amazonía. 

Y si en el nombre del derecho sagrado al pan de cada día una de las más grandes empresas del país, en el valle de Nepeña, incendia los pequeños bosques y le quita, pedazo a pedazo, las tierras de cultivo y el agua a campesinos y pobladores que, habiendo nacido en el valle, no son dueños ni del agua ni de la tierra.

Y si en nombre de la madre tierra se abandona en la pobreza a millones de campesinos y productores familiares que, en medio de la pandemia, nunca se cansan de sembrar la tierra y de ofrecernos sus frutos multicolores, sin recibir casi nada del Estado ausente. 

Y si en nombre de la erradicación de la pobreza y del hambre hoy los gobernantes recién se acuerdan que existen en los arenales, en los barrios, en los cinturones de miseria de las ciudades y en las comunidades olvidadas, millones de mujeres organizadas que saben cómo se multiplica el pescado, el trigo y los panes, sin dejar que nadie se muera de hambre… pero solo les dan a cuentagotas un poquito de dinero, pudiendo darles lo suficiente para poder saciar el hambre de millones de familias a quienes la pandemia les arrebató todo lo que tenían. 

Y si en nombre de la esperanza y de la vida dejamos morir la sabiduría de nuestros ancianos y a las madres parturientas que no encuentran un sitio en los hospitales y también a las madres humildes que llevan entre sus brazos a sus niños recién nacidos, pero que ya no tienen un plato de comida ni un trozo de pan… 

No permitamos que se destruya el derecho sagrado a la vida, especialmente  de los más humildes. No permitamos con nuestra indiferencia que la pandemia siga destruyendo la vida de los ancianos, de las madres y de los niños. 

La vida de los seres humanos es lo más valioso que existe sobre la faz de la tierra. No nos acostumbremos a permanecer impasibles ante el avance incontenible de la muerte. Pongámonos de pie para frenar a la indiferencia y a la misma muerte. Si nos unimos, nos organizamos y nos ponemos de pie, nada podrá detenernos.

* Gabriel Mejía Duclós es ingeniero agrícola con especialización en ingeniería de recursos agua y tierra, 25 años de experiencia en gerencia y dirección de instituciones públicas y privadas vinculadas al desarrollo social, económico y gestión ambiental, ex candidato a la Gobernación Regional de Áncash.