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LA COLUMNA DEL DÍA | Economía del comportamiento: herramienta en diseño de políticas públicas

¿Por qué la cuarentena se acata de una manera en China, Corea o Alemania, y de otra en Estados Unidos, España o Perú, si las medidas que los gobiernos han establecido para frenar la pandemia en todas son muy similares?, cuestiona el economista Yuri Vivar
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Por qué la cuarentena se acata de una manera en China, Corea o Alemania, y de otra en Estados Unidos, España o Perú, si las medidas que los gobiernos han establecido para frenar la pandemia en todas son muy similares. Probablemente parte de la respuesta esté en el comportamiento de un latino, que dista mucho del de un teutón, o del de un anglosajón, por ejemplo.

Las lecciones aprendidas y por aprender de la crisis sanitaria y económica deberá servirnos para utilizar muchos sistemas y teorías que científicos y especialistas van dejando como aporte y que nuestro sistema público, por lo general, no recoge, y si lo hace es cuando ya están perdiendo efectividad por obsolescencia o ya no son necesarias.

El economista Richard Thaler, Premio Nobel de Economía 2017, fue reconocido por sus investigaciones relacionadas a la economía del comportamiento; a Daniel Kahneman, también Nobel en el año 2002, se le atribuye la relación entre la forma de pensar de los seres humanos y sus intervenciones en economía desde dos líneas de pensamiento: el racional y el emocional; este comportamiento que estudiaron los economistas hace que las decisiones y modelos económicos no sean tan predictivos, matemáticos o universales, ya que  conjugan la economía, la psicología, la sociología e incluso la antropología.

Esta teoría económica toma en cuenta el comportamiento de las personas y el entorno donde se desenvuelven, ya sea estratos, sectores, regiones, países, etc. para comprender los procesos económicos y cómo influyen estos en el mercado. Se vuelve, entonces, de carácter obligatorio su utilización en la formulación de políticas públicas, especialmente cuando se trata de situaciones de crisis o afectaciones económicas de magnitud, porque precisamente el comportamiento más intuitivo o emocional y su inclusión o no en el modelo puede llevarnos al fracaso o éxito de dichas políticas. Así, algunos autores de matemática financiera se preocupan, por ejemplo, en establecer que esta es racional, dejando claro que actos no racionales pueden desviar los resultados; en contrapeso, si las políticas públicas son diseñadas considerando el comportamiento del individuo en la sociedad, estas tendrán mayor efectividad, más allá del modelo económico clásico y racional.

Nuria Tolsá, en sus comentarios “Homo economicus vs. homo sapiens: Economía del comportamiento y política fiscal”, sostiene que “todos tenemos propósitos que se nos resisten. Sabemos que los beneficios compensarían el esfuerzo, pero cuando llega el momento, sucumbimos a la tentación o surge algo más urgente… El ‘homo economicus’ de la teoría económica tradicional sopesa costos y beneficios, y actúa en consecuencia: si valora más la salud que el coste de madrugar, madruga; si valora tener una vejez cómoda, ahorra. La realidad es que no somos ni máquinas perfectas de calcular ni óptimos planificadores a prueba de tentaciones. Factores sociales, cognitivos y emocionales, como nuestra tendencia a procrastinar, influyen en nuestras decisiones. Estos ‘sesgos de racionalidad’ precisamente son los que estudia la economía del comportamiento.”

El BID, en su Resumen de Políticas Nº 334: La economía del comportamiento puede ayudar a combatir el coronavirus” (Martínez, Rojas y Scartascini), indica que “todos los seres humanos tenemos una capacidad limitada de racionalizar y a menudo no actuamos por nuestro propio bien. Tenemos dificultades para cumplir nuestras metas, ya sea porque las olvidamos o porque las posponemos, y subvaloramos o descontamos la importancia del futuro. Tomamos atajos mentales, generalizando instintivamente y de manera excesiva a partir de hechos parciales, y creemos en patrones inexistentes. En pocas palabras, a menudo formulamos juicios y el tipo de soluciones que damos a los problemas a la larga perjudican nuestro bienestar… Para detener el contagio, así como para manejar el pánico, evitar la falta de cuidado personal y en su debido momento retornar paulatinamente a la vida normal, es fundamental utilizar las herramientas de la economía del comportamiento para diseñar mensajes que sean sencillos y que motiven cambios adecuados en los comportamientos”.

Tolsá ilustra uno de sus comentarios de esta manera: “Olegario es un costeño de 30 años de clase media. Si le preguntas, te dirá que le gustaría vivir una vejez sin preocupaciones (¿y a quién no?). Alguna vez se ha planteado inscribirse en un plan voluntario de pensiones, pero, por una parte, el futuro está muy lejos y ahora tiene otras preocupaciones como pagar su hipoteca. Por otro lado, cuánto ahorrar exactamente, o en qué fondo invertir, le resulta complejo y confuso. Si Olegario continúa como hasta ahora, cuando se jubile cobrará una pensión de aproximadamente la mitad de su sueldo. Entonces, deseará haber ahorrado más”. Este comentario calza perfectamente al caso de la política pública del retiro del 25% de los fondos de pensiones que en el futuro habrá que evaluar si se trató de una buena o mala política y una forma sencilla será determinar qué hicieron con el dinero retirado y cuál será el papel que juegue el Estado para aquellos que se quedaron sin fondos de jubilación: probablemente Pensión 65 o el abandono, si así fuera constituyéndose en una carga fiscal adicional que se pudo haber evitado.

En un artículo que publiqué en enero, Valor público e informalidad, ya mencionábamos el comportamiento dentro del sistema de los mercados semiformales e informales, resultando imperativo efectuar grandes cambios estructurales pos pandemia. 

Esta política pública, tanto como el distanciamiento social, la garantía crediticia estatal y las demás políticas fiscales –especialmente– deberían ser producto de una rigurosa comprensión de la teoría económica del comportamiento si es que deseamos obtener éxitos en el cumplimiento de sus objetivos; de lo contario los efectos económicos y sociales pueden resultar peor que la enfermedad.

* Yuri Vivar Miranda es economista, catedrático universitario, especialista en gestión pública.

Foto: Internet

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