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LA COLUMNA DEL DÍA | Regreso a la caverna, a los árboles

Casi treinta años después de la epidemia del cólera, los hospitales colapsados y desabastecidos, la población desempleada y con hambre, son nuestro verdadero rostro, comenta hoy el escritor Augusto Rubio
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De los más de dos mil muertos originados por la epidemia del cólera, registrada hace 29 años en el Perú, ya casi nadie se acuerda. Que Chimbote [además de Piura y Chancay] se convirtiera en epicentro del brote de la bacteria y que los pasillos de sus hospitales se transformaran en morideros y tristes recuerdos de una enfermedad inmemorial, a nadie pudo extrañarle. La población señalaba al insalubre cebiche de carretilla como el responsable de la crisis. La deshidratación galopaba en los enfermos de ese tiempo, lo contrario sucedía con la implementación de un sistema de vigilancia epidemiológica. Puerta por puerta se luchó contra la diarrea durante años. Lo traigo a colación porque constituye la emergencia sanitaria más grave que hasta entonces habían visto mis ojos; lo que estos días vivimos desborda, por supuesto, todas las ficciones posibles.

La vida aislada, término horrible y lamentablemente frecuente, se ha instalado en nuestra cotidianidad. Acepciones como “aislamiento inverso”, “aislamiento respiratorio” o “aislamiento de contacto”, generan vomitivas reacciones en quienes ya no soportan el confinamiento y la incomunicación, así como los discursos presidenciales, la perorata de los politiqueros locales y sus falacias. En los días que nos tocan, las personas mueren atadas a un balón de oxígeno industrial en los exteriores de los nosocomios; esposas y madres lloran junto a bolsas negras de miserable etiqueta en las afueras de las morgues; en mercados y carreteras, la población y los militares, la diáspora y el consumo se desbordan. Así es la vida en el Chimbote de este tiempo, los casi treinta años de distancia con la epidemia del cólera nos enrrostran que en materia de salud, de educación, de políticas públicas y de calidad de autoridades elegidas democráticamente, nada hemos aprendido; al contrario: hemos involucionado, destruido nuestras vidas eligiendo mal y frustrando el desarrollo, regresado a la caverna, a los árboles.

Casi treinta años después de la epidemia del cólera, los hospitales colapsados y desabastecidos, la población desempleada y con hambre, son nuestro verdadero rostro. ¿A quién le daremos el pésame por whatsapp, sino a nosotros mismos?, ¿qué le diremos a nuestros pequeños hijos cuando pregunten por qué no hay oxígeno, de dónde tantos muertos en la morgue, por qué tanta gente sin enterrar?, ¿qué tierra de promisión es ésta donde exclusión y el distanciamiento han sido siempre moneda corriente entre población y autoridades políticas?, ¿cómo es eso de llevar a Chimbote en el corazón? 

El miedo profundo a la muerte y la incertidumbre son las únicas certezas que hoy tenemos.

* Augusto Rubio Acosta es poeta, narrador, periodista y gestor cultural

Foto: La República