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LA COLUMNA DEL DÍA | La peste que te habita

“La peste que te domina te hace echar la responsabilidad de tus actos a otros y no asumir lo tuyo, ese triste mecanismo tribal de sacar el cuerpo o protegerse tras la manada que se activa por instinto cuando el peligro se acerca”, comenta hoy el escritor Augusto Rubio
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La peste que te habita ha permitido que, en la vorágine de este tiempo oscuro y tenebroso, se develen los horrores, barrabasadas y atrocidades que acostumbras hacer desde hace mucho en todos los ámbitos de tu vida. Ha permitido desnudar el fracaso de tus padres en el intento de ser humano que mal forjaron, así como la evolución que te diseñó a priori para lo pernicioso más que para el beneficio propio o colectivo. La peste que te habita te ha llenado la cabeza de codicia y de cinismo, de corrupción, mediocridad y descaro como cóctel de un instinto básico de supervivencia.

La peste que te domina te hace echar la responsabilidad de tus actos a otros y no asumir lo tuyo, ese triste mecanismo tribal de sacar el cuerpo o protegerse tras la manada que se activa por instinto cuando el peligro se acerca. El mal que te gobierna te hace minimizar la crítica, calificarla de “destructiva” y poco empática; te hace negar la existencia de una infección que diezma hasta a los tuyos y te hace sentirte capaz e inmortal, intocable, escandalosa y ridículamente inmune.

La peste que te habita te hace ver la montaña de cadáveres en el puerto y no inmutarte, sabedor -en tus dentruras- que la mayor tragedia latente que pueda haber es tu propia existencia. El virus que te consume no tiene cura y lo sabes; la muerte misma te ha definido como individuo y te ha arrojado a las calles (a tu mismo hogar o centro de trabajo) a evidenciar una existencia triste y vulnerable, egoísta y miserable hasta el hartazgo.

El mal que te domina y las taras que te gobiernan nos permite visibilizar tu fragilidad y necesidad de afecto, tu espantosa incapacidad y avidez de ternura, el miedo interior que sientes con escafandra o sin ella, la incertidumbre de estar en la calle (literalmente) y no poder respirar. La fiebre que te habita tiene más de catorce días (una vida entera y sin síntomas). Los escalofríos y el dolor de cabeza no son sino producto de violar la cuarentena, de salir sin mascarilla por las noches ninguneando la distancia social; de aglomerarte en mercados, bodegas y bancos; de ser pobre e invisible a los padrones del ministerio y no recibir bono alguno; de embriagarte en los velorios con incineradores y sepultureros; de ser, en conclusión: un marginal (en la acepción de importancia escasa o secundaria).

La peste abisal que te habita no tiene cura, pandémica y celeste es tu existencia.

* Augusto Rubio Acosta es poeta, narrador, periodista y gestor cultural

Foto: Paul Meza Castañeda