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LA COLUMNA DEL DÍA | El sector agropecuario y sus retos en la recuperación económica de la región

Las medidas fiscales y de apoyo sectorial tienen que contemplar un gasto público eficiente e inteligente que considere cambiar las estructuras económicas y apostar por una reconversión agropecuaria profunda, sostiene Yuri Vivar
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Hacia el año 1997, en un clico de conferencias organizado por el primer Consejo Departamental de Economistas de Áncash, propuse que del total del área de intervención del proyecto Chinecas, entre el   10% y 20% debían ser adjudicados a los pequeños productores agrarios de la jurisdicción bajo ciertos mecanismos de objetivos y financiamiento (Diario La Industria, diciembre de 1997) para que se vaya promoviendo la cultura empresarial y se vaya conformando una casta empresarial lugareña en la región. El mismo planteamiento lo sustente a raíz de la primera mesa de dialogo instalada por el Gobierno del Dr. Alejandro Toledo, planteamiento que fue tomado por congresistas de Áncash y que posteriormente, cambiando un tanto el objetivo, lo convirtieron en la  famosa ley de los posesionarios y que derivó en uno de los problemas principales para el desarrollo del proyecto por su contenido populista, politización,  viveza e ilegal negocio de las invasiones.

El sector agropecuario históricamente –en la última década- no ha representado más allá del 3.9 % del Producto Interno Bruto (PBI) de la región. El promedio de los últimos diez años, según datos del INEI, alcanzó solamente el 3.49 %, incluso así, por arriba de la participación del sector pesca que representa el 2.03 % del PBI. Por ello hace unos días, cuando para muchos el reinicio de la pesca se veía como el inicio de la reactivación económica, mostré mi cautela en algunos medios, más  allá de lo positivo por el  empleo, manufactura conexa y sustento de un buen número de conciudadanos.

El sector agropecuario hasta la fecha, económicamente hablando, no altera o decide el comportamiento del valor bruto de la producción regional, por el contrario, existe cierta correlación negativa entre PBI agropecuario y PBI regional. Por ejemplo, el año 2004, mientras el PBI agropecuario cayó estrepitosamente en -7.9 %, el PBI regional creció significativamente en 6.3%. El año 2010 el PBI agropecuario tuvo una excelente performance de 11 % y el PBI regional fue negativo en -2.11 %. El año pasado, mientras los sectores productivos mostraron cifras negativas arrastrando en su caída al PBI regional, el agropecuario fue ligeramente positivo.

El mundo afronta una de las mayores crisis de su historia. Si bien es cierto después de lo sanitario el tema central será la recuperación económica, lo inmediato es garantizar la seguridad alimentaria y allí es donde está el gran reto del sector, cumpliendo el objetivo primario para continuar con el gran salto del desarrollo agroexportador.

La seguridad alimentaria se define como la situación que existe cuando la población tiene acceso físico y económico a suficientes alimentos inocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias y desarrollar una vida saludable.

Según el BID, en los últimos años América Latina y el Caribe han venido experimentando un incremento en la inseguridad alimentaria que está afectando a más de 180 millones de personas actualmente (FAO, 2019). La pandemia de covid-19 agravaría esta situación, conllevando a que más personas caigan en situación de inseguridad alimentaria y experimenten hambre en la región. Por esta razón, es prioritario identificar las posibles amenazas que pueden afectar el funcionamiento apropiado de los sistemas agroalimentarios, así como las políticas que deben implementarse para garantizar la disponibilidad, el acceso y la estabilidad de los alimentos en la región.

En Áncash, alrededor de 300 mil personas ya se encuentran en situación de pobreza y, por lo tanto, su necesidad inmediata, que es la alimentación, el sector agropecuario por sus indispensables condiciones y su permeabilidad al manejo adecuado de distancias entre sus operadores es un sector que debe en estos tiempos estar al frente de la recuperación alimentaria y económica.

Las medidas fiscales y de apoyo sectorial tienen que contemplar un gasto público eficiente e inteligente que considere, como lo vengo diciendo desde que este potencial puerto me adoptó, cambiar las estructuras económicas y apostar por una reconversión agropecuaria profunda.

Separando la gran inversión en la agroindustria, los principales problemas que tenemos que resolver son los que afrontan la mayoría de unidades agricolas: el cultivo tradicional, el temor a la asociatividad, la responsabilidad frente a nuestras obligaciones financieras y el acceso al crédito, estos dos últimos vinculantes.

Para ello es necesario que el pequeño y mediano agricultor disipe sus temores y se enfrente a la disyuntiva de crecer o languidecer; para ello debe asociarse empresarialmente para competir con mayores posibilidades requiriendo de apoyo técnico y profesional tanto en la parte productiva como en el financiamiento y comercialización.

El sistema financiero (especialmente las Cajas y el Agrobanco) deberán cumplir un rol mucho más allá de meros prestamistas para convertirse en orientadores del tipo de  producto y  mercado; las instituciones gubernamentales deberán cumplir la ley de reconversión productiva agropecuaria a través de sus cuatro componentes, como son tecnología, financiamiento, comercialización y monitoreo para invertir en infraestructura productiva agropecuaria como plantas de transformación, canales, vías de acceso, riego tecnificado, mejora de semillas entre otros;  capacitación y apoyo con tecnología de punta en maquinaria, instrumentos, abonos y germicidas;  búsqueda de mercados locales  y de exportación y el monitoreo en el avance del complejo proceso de reestructuración que significa cambiar la producción de productos agropecuarios tradicionales por aquellos de rentabilidad económica y social.

El mundo está plagado de ejemplos que de las grandes crisis salen grandes beneficiados de esta gran necesidad. Ahora que la guerra de potencias nos ha llevado a una súper crisis y que la naturaleza nos está dando una lección para su conservación, la gran producción orgánica, la diversificación de productos y alternativas productivas agropecuarias pueden y deben aprovechar positivamente estas condiciones para liderar un desarrollo económico con responsabilidad social y cuidado del medioambiente.

* Yuri Vivar Miranda es economista, catedrático universitario, especialista en gestión pública.

 Foto: Diario Gestión

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