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LA COLUMNA DEL DÍA | Año lectivo 2020: sin evaluación en tiempos de covid

La reciente disposición del Ministerio de Educación de que todos los estudiantes pasen de grado automáticamente “es eminentemente normativa y no obedece a criterios pedagógicos”, sostiene el exdirector regional de Educación, Miguel Arista Cueva*, en su columna de hoy
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Cuando mi hija mayor tenía 4 años alguien me dijo, con preocupación y buena intención: “Tienes que hablar con la miss, a Fiomi le pusieron ‘C’ y ella es muy buena alumna”. Ante ello, con suma calma, sonreí y respondí: “No importa, yo veo su progreso y sus logros todo el tiempo”. Y es que la evaluación no puede reducirse a una letra o a un número que de ninguna manera expresan la capacidad o los logros de un estudiante.

Traigo a colación esta anécdota no para justificar una calificación injusta sino para reflexionar que es muy común considerar “evaluación” como sinónimo de “calificación”, como si esta fuera la finalidad del proceso de enseñanza-aprendizaje. Siempre he sostenido que las prácticas responden a concepciones. La concepción de educación debe estar alineada con la concepción de aprendizaje, y estas con la evaluación.

Pero si evaluar no es calificar, entonces ¿qué es? Si revisamos el artículo 30° de la Ley General de Educación y la Resolución Viceministerial 094-2020–MINEDU, la norma del Ministerio de Educación para la evaluación de los aprendizajes, se desprende que la evaluación es un proceso, que es permanente, que recoge y analiza información que tiene como finalidad la mejora continua de la enseñanza-aprendizaje; es decir, la evaluación existe para optimizar el proceso enseñanza-aprendizaje, de allí su naturaleza formativa.

La evaluación siempre fue en esencia formativa, no recién por la pandemia, no es nuevo. La necesidad de certificar los logros de aprendizaje a través de calificaciones es complementaria porque es una exigencia legal, más que pedagógica; de ninguna manera es la finalidad de la evaluación. Pensar que la finalidad de la evaluación es calificar o certificar equivale a pensar que la educación básica tiene como finalidad ingresar a la universidad. La evaluación es un proceso inherente al mismo proceso de enseñanza-aprendizaje, forma parte de este, no es externo; siendo así, la evaluación se planifica al inicio del proceso cuando se decide qué se espera que el estudiante aprenda, y no al final. Es evidente que esta evaluación descrita en sus propias normas no se practicó este año

La reciente disposición de que todos los estudiantes sean promovidos era inevitable y es eminentemente normativa, no obedece a criterios pedagógicos. Era, además, previsible, por eso hace tiempo anuncié que todos los estudiantes serían promovidos por dos razones: una, porque el Ministerio de Educación no hizo nada para lograr dotar de conectividad adecuada a cientos de miles de estudiantes y perdió autoridad moral para exigir logros pues devenía en imposible para cientos de miles de estudiantes; y, dos, porque como consecuencia de ello no se planificó la evaluación ni se practicó lo que está establecido en su propia norma publicada en abril de este año (en pleno aislamiento social). Distinto hubiera sido si se hacían esfuerzos para dotar de conectividad, a la par que se diseñaba un currículo de emergencia con evaluación incluida;  por lo tanto, al no optimizarse ni formarse adecuadamente el proceso enseñanza-aprendizaje, no se pudo pedir que los estudiantes alcancen los logros previstos en un currículo pensado para ser desarrollado de manera presencial y en condiciones normales. De allí el imperativo de que los estudiantes tenían que ser promovidos sí o sí, puesto que los estudiantes no tuvieron condiciones para aprender ni los maestros para enseñar.

Nuestro ministro de Educación resultó ser un narrador de cuentos, nos dijo que “Aprendo en casa” era ideal, que solo 240 mil estudiantes no tenían ningún tipo de conectividad, que solo más de medio millón desertaron, nos ofreció tablets que no llegaron, luego nos distrae de todo ello seis meses antes con el inicio de clases presenciales sin saber aún qué pasará con el virus, y recientemente con 26 páginas de “Orientaciones para la evaluación en tiempos de covid”  nos quieren hacer creer que es evaluación lo que no es; además, nos dicen que es posible recuperar en dos meses lo que no se puedo hacer durante un año con la misma falta de conectividad. Simplemente, no hubo evaluación, la semana de reflexión es el maquillaje para justificar que solo se adjudicará un calificativo para no perder el año. Finalmente, resultó que no era como nos contó; como no hubo evaluación, no sabremos con certeza, pero es probable que muchos aprovecharon con éxito la estrategia “Aprendo en casa”, pero muchos otros no.

Lo cierto es que el sistema educativo ya estaba en crisis antes de la pandemia pues tampoco cumplía su finalidad y debería ser replanteado; sin embargo, como sé que es pedirles demasiado, bien valdría la pena que el Ministerio de Educación, en lugar de seguir contándonos cuentos, más allá de la calificación y pasar de grado, al menos reajuste el currículo para el 2021; ello implica también que se organice de manera semipresencial su planificación, ejecución y evaluación para garantizar realmente el logro de aprendizajes que los estudiantes necesitan.

* Miguel Arista Cueva es docente y abogado. Consultor, conferencista, especialista en gestión pública, educación y derecho administrativo. Fue director regional de Educación de Áncash y del Colegio de Alto Rendimiento de Cajamarca.

Foto: iep.org.pe