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LA COLUMNA DEL DÍA | El puerto que nunca seremos

Cuando el puerto donde nací se constituya (al fin) en un lugar digno donde vivir, la ciudad será un espacio de celebración en base a estampas verbales, arquitectónicas y plásticas, señala el escritor Augusto Rubio Acosta

Cuando la municipalidad de la ciudad donde nací sea “una entidad competitiva, comprometida con la alta productividad, de reconocido prestigio y contribuya a mejorar permanentemente la condición de vida de los chimbotanos” (así reza la visión institucional de la comuna provincial), seguramente estaré muerto, mis hijos habrán crecido y envejecido, se habrán cansado de cuestionar, de hacer frente al poder de turno, y sus intentos habrán sido en vano, al punto que -como su padre- se habrán largado de la tierra donde nacieron y nunca accedieron al paraíso que se describe en los primeros renglones de estas líneas.

Cuando el puerto donde nací se constituya (al fin) en un lugar digno donde vivir, la ciudad será un espacio de celebración en base a estampas verbales, arquitectónicas y plásticas, las generaciones venideras podrán conocer de manera sucinta (pero con contenidos de alta calidad) la historia y las peculiaridades del Chimbote donde vinimos al mundo. No es tan difícil hacer del puerto un cuaderno de viaje; todo depende de la voluntad política, del conocimiento e imaginación de quienes –se supone- piensan, planifican y gestionan, del compromiso de quienes ejecutan. La vida común y corriente de nuestra ciudad (en el futuro), no girará entonces en torno a museos, bibliotecas ni a las bellas artes, necesariamente; sino complementariamente y sobremanera a ser partícipes de la historia del lugar donde nacimos como punta de lanza y origen de todo lo bueno que deseamos para ella. 

Así, bocetos, fotografías y pinturas elaboradas diariamente y al aire libre por niños y noveles artistas plásticos en las canchas deportivas de Miramar o en los acantilados de La Libertad o El Trapecio, se integrarán con exposiciones itinerantes de fotografías antiguas de la ciudad (pero también de nuevas y recientes imágenes de los suburbios), en una suerte de microensayo de la cotidianidad en que la población aprenderá -de quienes saben- lo que fuimos, pero también lo que seguimos siendo. Así, la historia y la identidad de los barrios brotará en capítulos, tantos como para escribir páginas y colecciones completas de libros de todos los géneros que recojan la esencia de lo que somos; para que los lectores venideros imaginen, interpreten, reconstruyan y continúen la historia del espacio que habitaron sus abuelos, sus padres (los hijos de la diáspora), sus ancestros.

Pero la historia de la ciudad también se construye al caminarla. Salir de madrugada desde el peaje del Sur y avanzar a pie por la Panamericana hasta el túnel de Coishco para recoger imágenes verbales y visuales, y para ver caer la noche, será una de las rutas favoritas de mochileros y antropólogos visuales del futuro en el puerto. Recorrer la periferia y entregar reflexiones de poderosa capacidad evocativa será moneda corriente entre poetas, aficionados a las letras y a la fotografía de las nuevas generaciones. Hasta la historia de los árboles del parque frente a casa será importante. Lo mismo ocurrirá con quienes hasta hoy insisten en la frivolidad de rutas cevicheras y de huariques sin nombre, desprovistas -por supuesto- de cuestionar cómo se construye nuestra identidad y de nuestra urgencia como ciudadanos de cuestionar el poder; tendrán que modificar el discurso. La psicogeografía desatará entonces preguntas, todas vinculadas a la ciudad que fuimos, que pudimos ser, a la sociedad que destruimos a punta de escupitajos, ineficacia e indiferencia, una que para esa época intentará evocarse y recuperarse (inútilmente) de alguna forma.

Cuando la ciudad donde nací sea un lugar digno donde vivir, quizá mis nietos lean esta columna donde se dispone -al fin- que mis cenizas regresen al puerto y sean arrojadas al mar. Mientras tanto, en Chimbote, la cita de Dostoyevski: “La mejor manera de evitar que un prisionero escape, es asegurarse de que nunca sepa que está en prisión”, será la favorita de quienes gobiernan, la única y más contundente realidad.

*Augusto Rubio Acosta es escritor, gestor cultural y comunicador social 

Foto: Andina 

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