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LA COLUMNA DEL DÍA | El grito de Celia Capira en víspera del bicentenario

A pocos meses de cumplirse 200 años de la independencia, lamentablemente no somos ese país libre, justo y próspero que soñaron miles de hombre y mujeres que derramaron su sangre para construir un Perú grande, reflexiona hoy Gabriel Mejía Duclós*
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En la retina de todos los peruanos está la carrera y el grito valiente de la mujer arequipeña Celia Capira que corrió desesperadamente detrás del presidente Martín Vizcarra clamando por atención a su esposo Adolfo Mamani, quien junto a muchos pacientes afectados por el coronavirus se encontraba en una carpa del Hospital Honorio Delgado sin recibir las atenciones necesarias.

Su esposo falleció dos días después de la visita del presidente, sin que nadie del Ministerio de Salud ni de Palacio de Gobierno se preocupara por su estado de salud. Celia se quedó sola con sus tres hijos, todos contagiados con el terrible virus, y con su pequeño negocio cerrado, el cual habían implementado con tanto esfuerzo con su esposo en un centro de abastos.

A pocos meses de cumplirse 200 años de la independencia nacional y de vida republicana, lamentablemente no somos ese país libre, justo y próspero que soñaron Túpac Amaru, María Parado de Bellido, San Martín, Simón Bolívar y los miles de hombre y mujeres que derramaron su sangre para construir un Perú grande.

Por supuesto que no vivimos en la edad de piedra y nadie puede negar que la humanidad entera ha tenido progresos extraordinarios, y que el Perú y sus regiones no son los mismos de hace 200, 50 o hace solo 20 años.

Antes de la pandemia, especialmente para los ojos de las organizaciones multilaterales como el BID, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, el Perú junto a Chile, a pesar de que en los últimos años las cifras de crecimiento del PBI habían descendido, eran los países con mejores indicadores macroeconómicos de América Latina.

Entonces, por qué si antes de la pandemia estábamos bien, ahora en medio de la emergencia sanitaria somos un país que hace agua por varios lados y tiene uno de los mayores niveles de contagio en el mundo, donde los ancianos y los más humildes como el esposo de Celia Capira se mueren por falta de atención en los hospitales públicos, donde faltan camas, oxígeno y medicinas administradas por un Estado burocrático, paquidérmico e ineficiente.

La respuesta parece muy difícil y compleja, pero en verdad ante los ojos de la población es sencilla y concreta. Durante 200 años, y especialmente en las últimas décadas de vida republicana, hemos vivido de apariencias, maquillando las cifras y ocultando la realidad, como lo hace el presidente Vizcarra con las encuestas.

Se siembran supermercados con escaleras eléctricas en Lima y en todas las ciudades para aparentar un aire de modernidad y de desarrollo, pero en blanco y negro los hospitales y las escuelas son una desgracia y en muchas comunidades rurales brillan por su ausencia. Las oficinas de los bancos, de las empresas de telefonía y de las transnacionales cada día mejoran sus ambientes y se equipan con tecnología de punta, pero en el Perú la mitad de la población no tiene agua potable.

Hoy, 28 de julio, a pocos meses del bicentenario, nos queda claro que la macroeconomía y muchas cifras esconden la realidad. Necesitamos tecnología y modernidad para resolver los problemas y para llevar prosperidad y justicia a los más humildes; pero es injusto e inmoral que se maquille la realidad. Sin duda estaremos mejor cuando se pague bien a los maestros y haya educación de calidad, y cuando el campesino que nos da alimentos viva decentemente y con mayor dignidad.

* Gabriel Mejía Duclós es ingeniero agrícola con especialización en ingeniería de recursos agua y tierra, 25 años de experiencia en gerencia y dirección de instituciones públicas y privadas vinculadas al desarrollo social, económico y gestión ambiental, ex candidato a la Gobernación Regional de Áncash.

Foto: El Buho de Arequipa