CRÓNICAS DEL ERRANTE. “El gigante de los Andes”
Creado el Martes, 25 de Octubre del 2016 12:24:55 am






Escribe: Edwin Azaña
En un lugar conocido como Carpa, ubicado a 4.400 m.s.n.m. en la sierra de Áncash, está sucediendo un fenómeno natural que los especialistas han calificado como histórico: el florecimiento de cientos de Puyas Raimondi luego de cuarenta años de vida. Esa planta de forma puntiaguda y de aspecto colosal ha provocado la curiosidad de la comunidad científica y ha fortalecido la atención de turistas nacionales y extranjeros. Son más de tres mil especies que se encuentran en proceso de florecimiento y muestran orgullosas su máximo verdor que las hace especiales dentro del mundo vegetal. Es como si esa parte de la tierra empezara a tener vida propia luego de décadas de silencio.
Para conocer el bosque de las Puyas Raimondi se debe partir de la ciudad de Huaraz y hacer un viaje de hora y media. En el distrito de Cátac, provincia de Recuay, se ingresa al Parque Nacional Huascarán y en un puesto de control hay que registrarse para que los guardaparques sepan quiénes entran o salen de esa área protegida. La marcha tomará otra media hora para llegar hasta la quebrada Pachacoto y luego al sector llamado Carpa. Como en toda la sierra de Áncash, un manto verde cubre los dos costados de la carretera y el cielo celeste es como una fina pintura que se contempla con admiración. A la distancia ya se puede observar cientos de puyas a las que los estudiosos también le han dado el respetuoso y temeroso nombre de “El gigante de los andes”.
El proceso de florecimiento de las puyas se inició en mayo y hoy está en su máximo esplendor con miles de flores que brotan de su larga figura. El fenómeno natural durará hasta diciembre. “Es el acontecimiento más importante del siglo por la cantidad de individuos (puyas). La floración ocurre una vez en la vida de esa especie y luego de cuarenta años”, sostiene el ingeniero ambiental del Parque Nacional Huascarán, Selwyn Valverde, quien explica emocionado lo que sucede en las alturas de los andes peruanos. Cada puya puede generar hasta 15 mil flores que producen néctar que, a la vez, se convierte en alimento de pequeñas aves como colibríes. Pero eso no es todo, también se inicia el proceso de polinización que en algunos años dará vida a otras puyas. Queda demostrado que la naturaleza actúa con sabiduría para mantener el equilibrio de la flora y la fauna.
Selwyn Valverde sube y baja las pendientes, sortea riachuelos y escala las pequeñas rocas que encuentra en el camino como si se tratara de un venado que corretea en su hábitat. Se ha mojado la parte baja del pantalón cargo que luego convierte en una cómoda bermuda. Mientras Selwyn avanza sin dificultad, yo me quedo rezagado a unos trecientos metros, regulando la respiración y relajando las piernas. En ese rodal de puyas también se puede notar algunas de color marrón, señal de que ya han iniciado la etapa de muerte que culmina con la caída de la imponente planta. El viento sopla con mediana intensidad y se siente un aire frío en el cuerpo. La experiencia le dice al ingeniero ambiental que es el anuncio de una lluvia.
De acuerdo a las condiciones climatológicas (sol, viento y sequedad o humedad del terreno) una puya puede llegar a tener una altura de trece metros, más grande que un edificio de cuatro pisos. Además, su diámetro puede alcanzar los tres metros. Cuando uno observa con quietud ese enorme bosque de figuras monumentales da la impresión de que compiten unas con otras para saber quién manda y domina en la Cordillera Blanca. Selwyn Valverde cuenta que el italiano Antonio Raimondi (por eso el nombre de Puya Raimondi) fue quien realizó la primera descripción botánica de la enorme planta que, un siglo después, continúa asombrando a científicos de todo el planeta. Antes de esos estudios los pobladores creían que se trataba de una planta carnívora porque algunas ovejas morían atrapadas en sus afiladas hojas. Sin embargo, luego se descubrió que el cuerpo de esos animales se enredaba entre las hojas y morían por inanición.
Las tres horas de caminata no han sido suficientes para recorrer todo el bosque que se muestra apacible y dispuesto a ser explorado. Parado sobre una colina y con el viento que roza la cara uno puede darse cuenta de que es verdad que uno recién ama lo que conoce por experiencia propia. El bosque de la Puya Raimondi es una prueba incuestionable de lo que escribo.
Fotos: Edwin Azaña