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EDITORIAL | Segunda vuelta: ¿Pedro es el lobo?

Con Castillo hay temores debido a la incertidumbre por la dirección que pudiera tomar un gobierno suyo
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Decíamos el domingo anterior que, a juzgar por los antecedentes pasados y recientes, el Perú sabe lo que puede esperar de un eventual gobierno fujimorista: autoritarismo, populismo neoliberal, conservadurismo, democracia parcial. Y decíamos también que su estrategia para ganar la segunda vuelta se basa en “terruquear” a su rival, en acusarlo de “comunista” y “chavista” con el propósito de infundir miedo en el elector. Esta vez, sin embargo, la estrategia de relacionar a la izquierda democrática con el terrorismo de Sendero Luminoso –el grupo maoísta de extrema izquierda que causó miles de muertes en los 80– y con el chavismo venezolano, parece fallida.  

La semana pasada, en una entrevista radial, el candidato de izquierda Pedro Castillo había “suavizado” su discurso; entonces, la derechista Keiko Fujimori lo llamó “lobo disfrazado de cordero”. Está claro que ella no es la “caperucita”, pero… ¿él es realmente el lobo? ¿Qué puede esperar el país de un eventual gobierno del candidato de Perú Libre?

Si hay algo que resaltar del debate en Chota –insólitamente organizado en tiempo récord, tras mucho suspenso, fuera de Lima, en una plaza pública, ante mucha gente y en medio de una pandemia– es que permite ver con un poco más de claridad a ambos candidatos y sus propuestas: mucho populismo, mucha demagogia. 

Aquí algunas promesas de Castillo: nueva Constitución, revisión de contratos con las transnacionales, 10 % del PBI para educación, 10 % del PBI para salud, médicos en cada posta del país, ampliación de Pensión 65 a Pensión 60, 20 millones de vacunas rusas, renuncia al sueldo presidencial, rebaja a la mitad del sueldo de los congresistas, sacar de las cárceles a los delincuentes para que trabajen, ingreso libre a las universidades, préstamos a pequeños y microempresarios a través del Banco de la Nación, etc. 

Y aquí algunas promesas de Fujimori: entrega directa a la población del 40% del canon, ampliación del monto bimensual de Pensión 65 a 500 soles, dos millones de puestos de trabajo mediante los programas sociales, Bono Oxígeno para quienes perdieron familiares por covid-19, 70 mil pruebas moleculares por día, vacunas de varios laboratorios con intervención del sector privado, reducción de impuestos a los combustibles, tres mil colegios, tablets a alumnos y maestros, etc. 

Ocupémonos de Pedro Castillo y de su plan que desafía el statu quo. El maestro de escuela rural y sindicalista magisterial plantea cambiar la Constitución mediante una Asamblea Constituyente que le dé al Estado un papel activo como regulador del mercado, que le permita instaurar una “economía popular con mercados”, revisar los contratos con las empresas transnacionales y nacionalizar recursos estratégicos. 

La propuesta de una nueva Constitución que reemplace a la de 1993 no es nueva. La han planteado también otros candidatos de izquierda en el presente proceso electoral y en anteriores. En este punto es necesario recordar que el artículo 206° de la actual Constitución señala el siguiente camino para su reforma total o parcial: “Toda reforma constitucional debe ser aprobada por el Congreso con mayoría absoluta del número legal de sus miembros, y ratificada mediante referéndum. Puede omitirse el referéndum cuando el acuerdo del Congreso se obtiene en dos legislaturas ordinarias sucesivas con una votación favorable, en cada caso, superior a los dos tercios del número legal de congresistas”. 

La Constitución de 1993 fue elaborada durante el régimen de Alberto Fujimori por el denominado Congreso Constituyente Democrático elegido luego del autogolpe de 1992, y la anterior a esa, la Constitución de 1979, por una Asamblea Constituyente elegida durante el gobierno militar de facto que tomó el control del país tras el golpe militar de 1968. Ambas Constituyentes, como puede notarse, se vinculan a un quiebre constitucional.  

La figura de la Asamblea Constituyente no está regulada en la Constitución vigente, por tanto no habría forma de convocarla; para ello se tendría que modificar primero el artículo 206 y crear esa figura. En resumen, en este momento la única forma constitucional de elaborar una nueva Carta Magna es que el Congreso lo apruebe. No hay otra. Por tanto, lo que propone Pedro Castillo es inviable. Aunque lo haya prometido otra vez en Chota, con 37 curules en el próximo Congreso y pocos aliados, no puede.        

Ahora bien, ¿por qué la izquierda quiere una nueva Constitución? Su rechazo a la Carta Magna de 1993 no solo tiene que ver con la legitimidad de su nacimiento, sino también con discrepancias con un capítulo económico propio de un esquema neoliberal, el cual establece un rol estatal subsidiario –mientras que la Constitución de 1979 permitía abiertamente la actividad empresarial del Estado, la actual le prohíbe intervenir en actividades o mercados en los que existe presencia del sector privado– y da carácter constitucional a los contratos ley para generar una garantía jurídica a los privados. El modelo instaurado por el fujimorismo privilegió lo privado a lo público y dejó que el mercado regulara la dinámica económica.

La derecha defiende un modelo vigente hace tres décadas porque considera que gracias a él al Perú le ha ido mejor: derrotó a la hiperinflación, logró estabilidad y crecimiento económicos, redujo la pobreza, mejoró la infraestructura, etc. Pero la izquierda sostiene que el modelo ya se agotó porque hizo que los ricos se hicieran más ricos y los pobres más pobres, y profundizó la desigualdad y la precariedad social. Por eso considera imprescindible una nueva Carta Magna para lograr un cambio político, económico y social del país. El problema del Perú, como puede notarse, es que lamentablemente no nos ponemos de acuerdo sobre lo que debería ser el Estado.   

Pedro Castillo representa a un partido que se define como “marxista-leninista-mariateguista”. Por eso es acusado por sus detractores de pretender instaurar el “comunismo” o el “socialismo” en el Perú. En realidad el docente camina sobre un campo ideológico complejo. Su discurso reivindicativo es amoldable a la izquierda y a la derecha. Es “radical” en lo económico, pero contrariamente a la postura de la izquierda moderna, es conservador en lo social, como lo es Fujimori, y no tiene un fuerte compromiso ambiental, como tampoco lo tiene Fujimori. Recordemos también que ha tenido militancia previa en Perú Posible, un partido de orientación política muy distante de la de Perú Libre.  

Como Fujimori, Castillo tampoco tiene talante democrático, y lo ha demostrado al anunciar el cierre de organismos autónomos como el Tribunal Constitucional y la Defensoría del Pueblo, aunque luego se haya retractado. Es decir, echa fuego en las plazas y luego pretende apagarlo cuando la prensa lo encara. En su momento también dijo que deberían desactivarse la Superintendencia Nacional de Educación Superior (Sunedu), la Autoridad del Transporte Urbano (ATU) y la Superintendencia de Transporte Terrestre de Personas, Carga y Mercancías (Sutran).  

El último sondeo de intención de voto difundido anoche por la televisión coloca a Pedro Castillo con 9 puntos de ventaja sobre Keiko Fujimori. El sondeo no incluye las percepciones del debate en Chota y muestra que el nivel de indecisos es de 23%, de los cuales el 13% votaría en blanco o viciado y el 10% no precisa. La candidata fujimorista se acerca ligeramente a su oponente.

Pese a los esfuerzos de Castillo por generar tranquilidad en los electores y, por ende, en el país –“no somos terroristas, no somos chavistas, no somos comunistas”, reiteró el sábado en la plaza de Chota–, aún siguen siendo legítimos los temores por un triunfo electoral suyo debido a la incertidumbre por la dirección que pudiera tomar su gobierno. 

Radio Santo Domingo – RSD