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LA COLUMNA DEL DÍA | Solo le pido a Dios… 

La muerte de García no tendrá una versión uniforme escrita en la historia: para sus  enemigos, será una evasión a su responsabilidad como político; para sus seguidores, un acto de dignidad ante una injusta persecución 

El sonido de un disparo despertó ayer muy temprano al país entero. Minutos antes, las redes sociales hervían con un remezón desde el mismo epicentro, la casa de Alan García. La policía estaba allí para detenerlo.

Desafiante con sus detractores, García estaba seguro de que nunca le probarían ningún vínculo con las coimas ocurridas durante sus dos gobiernos. Carismático y elocuente, al líder aprista lo perseguían las acusaciones desde su primer gobierno, como la confesión del italiano Sergio Siragusa sobre pagos ilegales en la licitación del tren eléctrico. 

Investigado varias veces y bien librado de una u otra forma, García confiaba en su buena fortuna con la justicia peruana, pero el caso Lavajato lo puso contra las cuerdas. Abrumado por las evidencias que llegaban desde Brasil y desde paraísos fiscales como Andorra, García no quiso  darle la razón a quienes lo soñaban tras las rejas. Con un disparo ha cambiado el giro de esta historia y hoy no queda más que lamentar  el desenlace. 

Es difícil separar las dimensiones de lo político, lo judicial y lo humano en un caso tan complejo, pero es prudente actuar con respeto frente al dolor de quienes estuvieron cerca de un hombre al que habría que reconocerle habilidad política y liderazgo en su partido. Alan García quería ser recordado como alguien que subsanó sus errores de juventud, era un insaciable animal político y un adversario inteligentísimo para el debate; los periodistas tomaban como un reto tenerlo al frente para entrevistarlo. 

La muerte de García no tendrá una versión uniforme escrita en la historia. Para sus  enemigos –que los tiene– será una evasión a su responsabilidad como político; para sus seguidores –que no son pocos– debe recordarse como un acto de dignidad y valentía ante una injusta persecución. El APRA tiene un nuevo mártir, pero ha perdido a quien lo personificaba. 

Por ahora queda respetar el dolor de su familia y allegados, al fin y al cabo se trata de una vida humana y nadie debe celebrar un final como el que hemos visto. 

Sin embargo, pasado el duelo y por el bien del país, las investigaciones deben continuar firmes y desapasionadas para hacerle justicia a los inocentes y sancionar a los culpables de poner al país en una permanente agonía moral. Descansa en paz, Alan García.

* Manuel Chiroque Farfán es docente de Audiovisuales y Periodismo en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Nacional del Santa (UNS), actividad que comparte con la producción audiovisual y consultorías en comunicación corporativa. Integra la Red Iberoamericana de Investigación en Narrativas Audiovisuales. 

Foto: ANDINA/Carlos Lezama

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