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LA COLUMNA DEL DÍA | Para que la historia no se repita

Es preciso fomentar el pensamiento crítico y la lucha por recuperar el derecho a la protesta, solo así estaremos marcando el camino para una verdadera renovación política, señala la antropóloga social Karla Fournier

Hace unos días ciudadanos y ciudadanas indignados por la corrupción y en respuesta a la crisis política y judicial que atraviesa nuestro país salimos a marchar con la consigna de “Que se vayan todos”. Pero el hartazgo de la población va más allá de nuestros representantes en el Congreso, considerado como uno de los peores de nuestra historia republicana, este hartazgo traspasa a toda la clase política incluyendo al Ejecutivo, a los partidos tradicionales y en general a todo el que aspire a un cargo público, pareciera que la ciudadanía que se ha movilizado y que no quiere ser cómplice de la podredumbre en la que estamos inmersos sueña con una sociedad sin políticos. Por ello los ciudadanos que propugnamos el “Que se vayan todos” debemos recuperar el sentido primigenio de la política ligada a la ética y vinculada a alcanzar el bien común, es necesario redefinir la política basada en una ciudadanía vigilante y participativa que incida en los aspectos que nos han llevado a este fracaso que pone en cuestión nuestro sistema democrático. 

Con todos nuestros ex presidentes y “lideres” políticos presos o con procesos judiciales independientemente de sus ideologías políticas, es necesario también reflexionar sobre la naturaleza de la corrupción en nuestro país y sobre qué hacer para evitarla.

¿Cómo evitar volver a elegir a personas con tendencia a delinquir? Si se dice que nuestras autoridades son el reflejo de lo que somos como sociedad y entre ellos hemos visto no solo personajes envueltos en denuncias por corrupción sino también, plagiadores, violadores, acosadores, falsificadores, machistas, etc. 

¿Será que los mismos ciudadanos que hemos colaborado con nuestro voto a que estas autoridades que no representan los intereses de las mayorías llegaran al poder, ahora podamos cambiar la historia? 

Una renovación de la clase política implica también nuevos ciudadanos, que dejen de normalizar la corrupción. Hannah Arend acuño hace algunos años el concepto de “Banalidad del mal” a partir de sus estudios sobre el holocausto nazi. Planteaba que existe cierta incapacidad del pensamiento que nos lleva a tener una vida irreflexiva en la que hacer el mal no es visto como tal, en su libro Eichmann en Jerusalén trata de comprender la barbarie de sus crímenes y se sorprende al ver que en todo momento, este nazi se considera a sí mismo un mero militar que obedece órdenes. No analiza las consecuencias de esas órdenes, las cumple, sin ningún tipo de remordimiento. Y llega a la conclusión de que el mal se hace de forma institucionalizada y sistemática, sin necesidad de que las personas que ejecutan ese mal sean conscientes del daño producido o se sientan responsables. El mal se extiende como una estructura moral que ciega a los verdugos ante el sufrimiento infringido a las víctimas. Esta institucionalización del mal, dice Arendt, requiere de la complicidad social.

El mismo fenómeno se repite y puede aplicarse este análisis a los casos de corrupción de nuestro país, la corrupción se emana desde arriba desde las elites políticas y se sostiene en una estructura de clientelaje en el que participan las escalas inferiores a través de los cargos administrativos, funcionarios y hasta el ciudadano común a través del favor personal, de la prebenda y la dádiva, quedando la totalidad de la sociedad impregnada de esa corrupción que se termina banalizando a tal grado que no les genera ningún conflicto moral seguir votando por corruptos. 

La corrupción se normaliza y se refuerza con la idea de que no hay posibilidad de un cambio, es común ver que en el imaginario popular se repite la frase de que todos son corruptos como estrategia de los partidos tradicionales para impedir la renovación política y llevar a la ciudadanía a la inmovilidad social y al desánimo. 

Se dice que da lo mismo ir a votar porque todos son corruptos la corrupción es inevitable, entonces es mejor malo conocido que malo por conocer o este caso corrupto conocido que corrupto por conocer. Para que votar por el nuevo si también va a robar como el anterior. Esto sumado a la despolitización de la sociedad conlleva a la aceptación del actual estado de las cosas. Para evitar la banalización del mal es necesario fomentar el pensamiento crítico, no es casualidad que de todo nuestro currículo escolar y también de las carreras universitarias se hayan eliminado los cursos que nos permitían tener una reflexión y aptitud crítica ante los hechos de nuestra sociedad. 

La educación es la base para formar ciudadanos reflexivos, conscientes y participativos. La corrupción se reproduce por actitudes egoístas de búsqueda del propio lucro en desmedro del bien común, pero también, porque la enorme mayoría de la población no hace nada para evitarlo, aceptando acríticamente lo que se les propone. Edmund Burke señalaba que para que triunfe el mal basta con que los buenos no hagan nada. Habría que recordar también que la peor tiranía no se produce porque haya muchos individuos tiránicos, sino por la pasividad de demasiados sumisos. Es preciso fomentar desde nuestro sistema educativo el pensamiento crítico y desde la sociedad civil luchar por recuperar nuestro derecho a la protesta sin estigmas ni criminalización sólo así estaremos marcando el camino para una verdadera renovación política y de nuestra ciudadanía activa.  

* Karla Fournier Robles es antropóloga social, administradora de empresas, con maestría en Gerencia Social, activista social y político, exdirectora ejecutiva del Instituto de Desarrollo y Responsabilidad Social Atusparia-Chimbote, directora del proyecto turístico y ecológico “Rescatur”. 

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