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LA COLUMNA DEL DÍA | Papá, ¿qué es sexo anal?

Somos una sociedad que suele hablar a media voz. Solemos cuchichear y señalar cuando de sexo se trata, pero somos incapaces de reconocer nuestras propias necesidades en el terreno de la sexualidad que no solo tiene que ver con lo físico sino también con nuestra emocionalidad, manifiesta hoy el docente universitario y periodista Nilton Gamboa

Advierto que el titular es un señuelo. No abordaré aquí la fallida propuesta de educación sexual que ha encendido el infierno en las redes sociales y puesto en apuros a la ministra del sector. Aunque servirá como pretexto para hablar de asuntos subyacentes pero fundamentales como la libertad de expresarnos abiertamente en nuestros entornos, la necesidad de satisfacer nuestra humana curiosidad y el derecho que tenemos de ser comprendidos y amados. Si esto pasara en casa con nosotros, con nuestros hijos, no existiría tanta discusión allá afuera sobre los efectos del currículo escolar peruano, ni tanto sonrojo por poses y modos del disfrute, ni tanta resistencia conservadora con grito de guerra: ¡Con mis hijos no te metas!

Sobre la libertad de expresarnos abiertamente, no es tan fácil en un entorno como el nuestro. Somos una sociedad que suele hablar a media voz. Solemos cuchichear y señalar cuando de sexo se trata, pero somos incapaces de vernos a nosotros mismos, de reconocer nuestras propias necesidades en el terreno de la sexualidad que no solo tiene que ver con lo físico sino también con nuestra emocionalidad, ese otro aspecto tan ninguneado. Hay algo en nuestra ancestral tradición occidental cristiana que nos hace creer que el sexo, el cuerpo, el placer por el placer, tienen algo -o mucho- de malo, de sucio y pecaminoso en sí mismo. 

No lo digo como estudioso del asunto -que no lo soy- ni con la pretensión de saber algo más que cualquier adulto joven. Mi pubertad en los 90 la viví como alguien promedio de mi generación: con mucho tabú, desinformación y con una fuerte dosis de culpa durante el despertar sexual, que es como un huracán cuando somos adolescentes. Eso no cambiará en nuestra naturaleza humana, pero lo que sí podemos cambiar es el modo como queremos que nuestros hijos y nuestras hijas gestionen esas sensaciones, emociones y necesidades que fluirán llegado el momento. No quiero que mis hijos lo hagan con miedo, con culpa o con información que los confunda, sino como algo natural que podrán disfrutar pero con responsabilidad.

Por eso, en días en los que hablamos tanto de si debemos informar o no informar de tal o cual aspecto a nuestros jóvenes, pienso que la cuestión no está en la información, que es necesaria pero insuficiente. ¿Y si a la información le sumamos comunicación y afecto, y comenzamos en casa? ¿Y si empezamos a dar, no solo datos o advertencias, sino a compartir nuestra experiencia, a reflexionar con ellos sobre nuestras dudas y temores, y abrimos la posibilidad de un diálogo en el que los chicos puedan conocer lo maravilloso de la sexualidad, del sexo, del afecto, pero además sobre sus riesgos y efectos? ¿Hay una edad para hablar de esto? Los chicos dirán cuando estén listos, y para entonces los padres debemos estar preparados para acompañarlos en este proceso que es de por sí difícil. Para nosotros y para ellos.

Dicho esto, tampoco se trata de ser ingenuos ni cerrar los ojos a una realidad que se palpa en el barrio, en la zona rural, en la sierra, en los lugares con menos oportunidades: no todos los padres están en capacidad de hacerlo, ya sea por los prejuicios -que son muy difíciles de romper- o porque reproducen el mismo círculo con el que sus padres se relacionaron con ellos. En esos casos se requiere de contención profesional, psicólogos, terapeutas y la tutoría en los colegios y otros espacios públicos recreativos, formativos o de salud. Es ahí cuando, inevitablemente, uno piensa que el Estado debe estar no solo para dar fría información a través de libros, sino para ayudar al individuo a reflexionar sobre sus posibilidades, y acompañarlo en su desarrollo físico y emocional. Del Estado necesitamos más, que abra espacios -no para confrontar a las familias- sino que le permita informarse con suficiencia y hablar con libertad, para hacer dialogar a los padres con sus hijos, de modo que tengan la posibilidad de elegir lo mejor, respetando sus costumbres, creencias y valores. De eso trata la libertad.

* Nilton Gamboa Carranza es periodista, exredactor del diario La Industria de Chimbote, exeditor del diario Correo de Chimbote, exdirector del noticiero regional “Primera Edición Chimbote” de América Televisión, actual corresponsal de Canal N, magíster en Gerencia Social de la PUCP y docente de Comunicación para el Desarrollo en la Universidad Nacional del Santa (UNS).   

Foto: Aventuras de luna llena

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