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LA COLUMNA DEL DÍA |  Diario emocional de la pandemia

Los tiempos oscuros, de privación de la libertad, pueden ser espacios apacibles donde aprender y recuperar la salud mental que nos permita recuperar la fe extraviada ante la grave coyuntura, señala el escritor Augusto Rubio Acosta

Hace un mes, cuando se activó la vieja historia de dolor y escasez que el gobierno aprista nos hizo experimentar a fines de los ochenta, la conducta irracional y el pánico colectivo reflejado en los estantes vacíos de los supermercados y en interminables colas de personas en las afueras de los centros de abasto, la emergencia sanitaria no era la que hoy se vive. El miedo colectivo y el afán de protegerse estaba lejos del que por estos días se experimenta, la pandemia aún no superaba nuestra capacidad de estar medianamente tranquilos, de sabernos racionales; las angustias, tensiones y preocupaciones (tan presentes en la cotidianidad de este tiempo) no alcanzaban a constituirse en perturbación psicosocial.

Al desatarse la pandemia en el Perú no había personas que, como hoy en casi todos los hogares, necesitan tanto de una llamada telefónica. El apoyo emocional a distancia para muchos de ellos, ciudadanos que viven en la precariedad que origina el desempleo y la miseria del sistema económico en que sobrevivimos, no estaba acompañada por el miedo paralizante que ha invadido la mayoría de cerebros y de cuerpos, que ha determinado cambios de conducta, de nuestra forma de ser. La vida ha dejado de ser normal en el país desde hace varias semanas, el mundo que conocimos ahora es otro: uno dominado por el aislamiento y la ansiedad, por el aburrimiento y el hastío de un encierro que nos destruye y nos mina.

En esta coyuntura hay quienes intentan “salvarse” y manejar sus emociones, quienes se centran sólo en el presente evitando pensar en el futuro mientras intentan resolver sus problemas de cada día; no son pocos los que aconsejan dejar de consumir información sobre la tragedia del coronavirus y ocuparse en desarrollar actividades “positivas”; otros establecen horarios y espacios para sus rutinas físicas y de aprendizaje; los niños, quienes aparentemente sobrellevan mejor el encierro, también ocupan gran parte del tiempo familiar; quienes trabajan de forma remota, o que como el suscrito se dedican a leer y escribir, quizá sean quienes tengan mayor dificultad para aislar el ruido y la convivencia estrecha que permita concentrarse.

La solidaridad, el apego, el interés, la alegría y la serenidad son escasas durante esta época, pero no han dejado de manifestarse. Quizá leer sea el gran refugio que muchos buscan sin descanso, desconociendo que el alivio a la ansiedad, a la irritabilidad y el estrés, a la tristeza, depresión y cansancio, se encuentra al alcance y tan cerca de todos. Leer no para evadir el mundo real que nos toca, sino para viajar y mediar entre experiencias propias y compartidas. El libro es la única posibilidad de aventura en este tiempo de miedo y vulnerabilidad, de tristeza y frustraciones.

En tiempos de coronavirus, el suscrito conversa diariamente con sus niños gracias a videollamadas establecidas con la lejana Piura. Compartimos las lecturas que hacemos, las noticias de la lluvia y la pandemia, el silencio de las calles y la quietud de las tardes a la hora en que cae el sol y es momento de encontrarnos, de abrazarnos al teléfono. Desde los libros que leemos, desde cada historia que escribimos y compartimos, aflora entonces lo que nunca muere ni morirá entre nosotros: esa esperanza que anida en los pequeños y jóvenes corazones de mis hijos, una que pasa por encima de la soledad y la angustia de no vernos, de no tocarnos ni tenernos, de no poder abrazarnos como sabemos hacerlo.

Hace un mes, instalado el régimen más nefasto al que pueda someterse a un ser humano, el suscrito y sus niños dialogan más consigo mismos; desde los libros nos hablan también diversos personajes, encabritados todos ante una posibilidad pocas veces experimentada: la de leer sin descanso, piernisueltos sobre el sofá o la cama, toda clase de historias verdaderas o de ficción acontecidas en épocas remotas pero que abren fronteras y reconstruyen lo que ha desaparecido en muchos pero aún sobrevive en nosotros: nuestra contundente y hermosa humanidad. Los tiempos oscuros, de privación de la libertad, pueden ser espacios apacibles donde aprender y recuperar la salud mental que nos permita recuperar la fe extraviada ante la grave coyuntura. Que este tiempo donde las emociones y fisuras familiares y ciudadanas se desbordan, pueda ser atendida de la mejor manera; que esta época en que muchos duermen y despiertan -in promptu- agitados por el miedo, podamos sacar conclusiones definitivas de vida: que existe la urgencia de luchar para transformar un sistema económico dedicado al lucro y al consumo desmesurados, a devastar sistemáticamente el planeta, el corazón y el cerebro de los seres humanos. Lo escribió Juan Ojeda, el olvidado pero enorme poeta del puerto de Chimbote: “Nosotros esperamos otra tierra”.

*Augusto Rubio Acosta es poeta, narrador, periodista y gestor cultural.

Foto: Infobae

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