LA COLUMNA DEL DÍA | Neochimbotano
Creado el Jueves, 23 de Mayo del 2019 10:34:22 am | Modificado el 06/10/2021 01:34:07 pm

La primera vez que escuché el término “neochimbotano” fue hace casi 20 años, en Trujillo. Un compañero de universidad presentó a un amigo recién llegado de esta ciudad como chimbotano, pero él lo aclaró de inmediato: “No, yo soy neochimbotano” nos dijo con énfasis.
Años después, vine a trabajar como docente universitario y la anécdota se repitió. Algunos alumnos del sur solían corregir lo que mi percepción foránea veía solo como dos polos de una misma urbe. Me di cuenta, entonces, que para ellos identificarse como neochimbotanos los distanciaba simbólicamente del viejo Chimbote y sus estigmas, el desorden, el mal olor, su altisonante mestizaje, bullanguero y popular, en la más cruda de sus acepciones.
Nuevo Chimbote, por tanto, representaba una suerte de refundación. Era el lugar donde las cosas empezaban de nuevo, con familias que soñaban con un lugar moderno y que veían con cierto orgullo como se levantaba su plaza, “la más grande del país”, su catedral “igualita a la del Vaticano”, su avenida Pacífico y sus urbanizaciones céntricas limpias, ordenadas y verdes.
Ser neochimbotano suponía no solo un origen, sino casi un identificador socioeconómico. Conforme se cumpliera lo que planificaron sus fundadores, Nuevo Chimbote debía crecer como una réplica de sus urbanizaciones de clase media, un distrito ecológico y digital, como solía decir su entonces alcalde.
Sin embargo, en algún momento el crecimiento se desbordó. Vinieron las invasiones, la inseguridad y la basura se hicieron incontrolables y los servicios básicos se convirtieron en una carencia para un amplio sector de la población.
A puertas de cumplir 25 años, Nuevo Chimbote está lejos de ser la ciudad modelo que aspiraba a ser: Más de 7 mil neochimbotanos viven en extrema pobreza, cerca de 80 mil no tienen agua ni desagüe, la ciudad no tiene un lugar donde procesar su basura y una rápida vista por Google Maps muestra que casi no hay áreas verdes en el distrito ecológico.
Esas son las enormes brechas que no solo las autoridades, sino todos, debemos acortar para hacerle honor a ese orgullo que conlleva el ser neochimbotanos. Construir un distrito con vivienda digna, con hábitos amigables hacia el medio ambiente, con espacios públicos adecuados para una convivencia segura y tolerante, una ciudad que ofrezca el disfrute del arte y la cultura viva.
El neochimbotano tiene derecho a vivir la modernidad, no aquella del consumo y la tecnología, sino aquella que le garantice los servicios y calidad de vida de un ciudadano pleno.
* Manuel Chiroque Farfán es docente de Audiovisuales y Periodismo en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Nacional del Santa (UNS), actividad que comparte con la producción audiovisual y consultorías en comunicación corporativa. Integra la Red Iberoamericana de Investigación en Narrativas Audiovisuales.
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