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“Niños cadáveres” son rescatados de minas donde trabajan por dos dólares al mes

Un niño recorrió más de 6 mil kilómetros para huir de la guerrilla que masacró a su familia
Mina de coltán

“Nuestros móviles están manchados con la sangre de los ‘niños cadáveres’”, comenta el sacerdote Willy Milayi, misionero de la Inmaculada Concepción que vive en el Congo y cuyo trabajo empieza con el rescate de niños de las minas y la calle, para ofrecerles un lugar donde vivir, estudiar y aprender un oficio que los saque de las minas de coltán en las que son obligados a trabajar junto a sus familias, más de 13 horas diarias, por un salario que no supera los dos dólares mensuales.

“El coltán es un mineral muy escaso en la naturaleza que se utiliza en la fabricación de dispositivos electrónicos. Al ser tan escaso es muy caro y los principales yacimientos se encuentran, entre otros países, en República Democrática del Congo. La explotación de esas minas está en manos de las guerrillas”, contó el padre Milayi en una entrevista para la diócesis de Málaga (España).

El sacerdote habló del dolor de los niños en situación de esclavitud, partiendo de la historia de un niño que huyó 6 mil kilómetros, cuando tras una revuelta contra la guerrilla que administra una mina de coltán, su madre y hermanas de 17 y 13 años fueron violadas y asesinadas delante de él, luego mataron a su padre. “Os podéis imaginar las condiciones de miseria en las que llegó. Venía roto de dolor. Los milicianos sacaron de casa a su familia y los llevaron al bosque con dos propuestas: morir o trabajar para ellos sacando el coltán, desde las 6 de la mañana a las 7 de la tarde. Trabajaban a 200 metros de profundidad para sacar 15 sacos de coltán diarios, por los que recibían dos dólares a final de mes”.

Uno de los principios de la fe cristiana es la defensa de la dignidad de la persona, por lo que el padre Willy, junto a su comunidad de Misioneros de la Inmaculada Concepción, ha comenzado un centro educativo que beneficia a los llamados “niños cadáveres” y a más de 20 mil que viven en la calle, tan solo en Kinshasa.

“No podemos resolver todos los problemas, pero damos gracias a Dios por cada uno de los niños que podemos rescatar. Es un verdadero milagro que se hace posible gracias a la gente de buena voluntad”, expresa el sacerdote, quien asegura que en la escuela que dirige los niños aprenden a “cuidarse unos a otros”. (LL - Iglesia en marcha).

Fuente: Aciprensa